New York sketches

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La primera vez que vine a Nueva York fue en el 2003. Solo. No fui capaz ni de ponerme las gafas de sol ni, lo que es más extraño aún, de encender el MP3 durante toda la semana, a excepción de Rhapsody in Blue en Central Park y Five Blocks to the Subway de Biohazard yendo en metro a Brooklyn.

Mis cosas.

La realidad es que no quería que nada distrajera mi atención ni un milímetro de todo lo que me rodeaba (y superaba). El resto de viajes siempre he venido acompañado y lo de escuchar música no es frecuente, pero tanto en el anterior con Juan como en este con Silvia, he tenido unos cuantos ratos de ir por mi cuenta y he descubierto alguna cosa curiosa. Lo primero, aquí leo bastante bien en el metro. Que las interrupciones del altavoz sean más breves, ayudan, porque no es lo mismo “Stand clear of the closing doors, please.” que “Atención: estación en curva. Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche (pausa dramática) y andén.” En el tiempo en el que la tipa dice esa letanía imposible sólo tengo ganas de rociarme gasolina y prenderme fuego hasta consumirme, cosa que sin duda daría tiempo a que ocurriera antes de que la puta locución terminara.

Otra de los descubrimientos imprevistos ha sido darme cuenta de cuál es la música natural de la ciudad. A primera vista tendría lógica pensar en rap; actitud, orgullo, un poco de chulería… Podría ser, pero no. Esta ciudad está diseñada para el jazz. No importa si es por la calle, en un Uber, de día o de noche, jugando al billar o saliendo a correr: funciona. Pongamos que estamos escuchando algo de Miles Davis antes de que se volviera tarumba: el caos del bajo y la batería se juntan con los acordes extraños del piano y con la melodía tranquila de una trompeta. Es justo lo que pasa delante de tus ojos. Gente, grandeza, suciedad, belleza. Está todo ahí. Si es un tema rápido notas la ansiedad de la gente que no llega, si es una balada la vida se mueve a 120 fotogramas por segundo y sientes que la cámara lenta te permite detener en cada persona que tienes delante. Su cara, su gesto. Puedes imaginar su vida en un segundo muy largo y así, poco a poco, creerte que cada vez entiendes un poco más una ciudad más hecha de gente que de edificios.

Hablando de música, mañana por la mañana subiremos a Harlem a una misa góspel. Siete veces aquí y nunca he ido a ninguna… lo peor es que si algo no me extraña aquí, es que quede algo que hacer por primera vez.

[Escuchando: Alicia Coltrane – Turiya & Ramakrishna]

Sobre lo grande y lo menos grande

Domingo. Estoy tumbado en la cama, suena Nils Frahm y entra luz por la ventana. Más allá de las hojas de los árboles amenazando con caer, no pasa absolutamente nada. No tengo planes y estoy en la putagloria. Empiezo a sospechar que, más que Nueva York, mi sueño dorado es jubilarme a los 40.

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En este mundo de laxitud y holgazanería vacacional también pasan cosas. El lunes estuvimos viendo a Louis CK, por ejemplo, y creo que nunca en mi vida me he reído tanto. TANTO. Cuesta creer que un show de comedia pueda llegar tanto en algo de las dimensiones del Madison Square Garden pero vaya, es Louie.

Siguiendo con los mitos, al día siguiente pude quitarme la espina de hacer el tour por los estudios de la NBC. Hace cinco años no llegué por 15 minutos, hace dos estaban de obras y esta vez, al fin, me hice con una entrada. Estuve dentro de 30 Rock, en el plató del Tonight Show, me crucé con Fred Armisen… pero lo que más me voló la cabeza, fue esto:

Ahí estaba, el estudio 8H de Saturday Night Live. Silencioso, sin iluminar, sin apenas vida; realmente no hacía falta más.

Ahora es viernes,  son las 3:07 am. También estoy tumbado en la cama. Lo que empecé a escribir el otro día lo dejé a medias porque tuve que salir a comer o algo así. Vetetúasaber. Esta noche se han cumplido tres semanas desde que llegamos, y aún queda otra y casi tres días más. Me encantaría tener la calma suficiente como para escribir cada día, ordenar todo lo que estoy viviendo, pero sobre todo hablar de cosas pequeñas de esta ciudad; intentar buscar el motivo por el que no es raro ver gente sola sonriendo por la calle, de Riverside Park, de los delis que encuentras en cada esquina. Me encantaría no tener nada que hacer y hablar de lo extraño que resulta volver a tener ganas de ver la tele. De hacer zapping y pasar de Jimmy Kimmel a Fallon y de ahí a Colbert y de ahí a Seth Meyers y si eso un rato de James Corden. De ponerte cruzarte con The Voice y no poder despegarte ni un minuto. De la sensación de ver los Emmys en directo.

Lo cotidiano es fascinante y eso suele desconcertar porque de algún modo es como viajar en el tiempo. De repente eres un niño otra vez, todo es nuevo, no sabes nada y lo único que te queda por delante es aprender y descubrir.

Hay sitios en los que a veces pasa. En Nueva York parece que no haya un minuto que no sea así.

Guía de Nueva York -edición 2016-

Juraría que fue el año pasado cuando mi amiga Jimena me pidió algunas recomendaciones para visitar Nueva York por primera vez. Este es el mail que le mandé junto con algunos extras que he ido descubriendo desde entonces. Enjoy.

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Hacer una guia de NYC es lo más fácil del mundo, en serio. Es tu primera vez y  vas poco tiempo así que empecemos por el principio: no vas a Nueva York (estado), ni a Nueva York (ciudad), vas a Manhattan. Intentaremos que roces Brooklyn y Harlem, e incluso Staten Island, pero será testimonial y es que, siento el spoiler, pero una de las primeras cosas en las que pensarás cuando estés ahí no es en lo que vas a ver, sino en lo que te vas a perder. Contra todo pronóstico, que el viaje sea satisfactorio supone casi un ejercicio budista de desprendimiento donde lo único que importa es lo que vivas, no “lo que podíamos haber hecho con un par de días más”.

Además, no queremos correr; queremos ser newyorkers, no turistas, y como lo que no es correr es andar, andemos. Lo primero dividir la isla en tres (downtown-midtown-uptown) y saber qué calles comprende cada zona. Hace tiempo que no lo miro, pero creo que comprenden de Central Park para arriba, desde Columbus Circle a la 14th midtown y de ahí para abajo, downtown. Y luego, los barrios de cada tercio. Cuando eres consciente de dónde estás, aprecias mucho mejor cómo va cambiando la arquitectura y las diferencias entre la gente de cada lugar y cómo se vive cada sitio.

A partir de aquí sólo hace falta un poco de orden a la hora de planear los días y lo que quieres hacer. Tendrás una lista de las mil cosas que te diga todo el mundo (enseguida mi aportación) y simplemente se trata de que las localices en el mapa para que, cuando te toque visitar, pongamos, Chelsea, casi sin darte cuenta acabes pasando por ahí delante. Las distancias son tan bestias que cualquier otra cosa te hará perder muchísimo tiempo en desplazamientos. Todo esto, que te estará pareciendo de completo perogrullo, verás que cobra sentido en algún momento, exactamente en ese en el que te des cuenta de que cada diez pasos te cruzas con una tienda, parque o vetetúasaber del que nadie te había hablado y que te parecerá lo más increíble de La Creación. Y así, sin parar hasta que empiecen los “no me da tiempo” seguidos del clásico “me han cerrado” o “ya no llego ni de coña”. Y está bien, porque de repente te darás cuenta de que has descubierto cosas que los demás desconocen y sentirás que quieres hacer tu propia guía de Nueva York para novatos.

Y ahora, una pequeña lista de recomendaciones.

– Si llegas de noche, ve directamente a Times Square, el sitio más turístico y exuberante de la ciudad. Es una especie de museo de la publicidad contemporánea rodeado de teatros con musicales titánicos.

-Si llegas cuando aún hay luz, ve a Midtown. Bájate en Herald Square, da un paseo por la 5ª avenida, y saluda al Empire Estate.

– Pilla un perrito de cualquier puesto y cómetelo en Bryant Park, un parque pequeño, como medio campo de fútbol, pero rodeado de edificios increíbles; uno de ellos, la biblioteca municipal (alguien dijo Cazafantasmas?). Por motivos personales, a mi ese sitio me siempre me ha dado mucha paz.

– No te estoy diciendo sitios por los que seguro pasarás como Battery Park, pero aún así tengo que insistir por si acaso en que vayas una tarde a Washington Square. A pasar el rato, sin más.

– Central Park es demasiado grande como para verlo entero, piensa más bien cuánto tiempo quieres pasar ahí. Si te da tiempo a pillar una barquita y a ponerte Rhapsody in Blue de Gershwin, no lo olvidarás en tu vida. Ah, el café del puesto de la esquina es cojonudo.

– En tu obligada visita a las alturas, el Top of the Rock gana al Empire Estate.

– De comer en plan cerder, hablemos. Pizza? Cualquiera de take away menos Sbarros. Cuanto más cutre, mejor. Hamburguesas: PJ Clarke’s (que hasta sale en Mad Men), Shake Shack (hay varios, en el de Grand Central suele haber menos cola) y 5 Guys Burger. Último gran descubrimiento: Joe Jr. Si te gusta la tarta de queso ve a Eileen’s Cheescake, por Nolita y si no te gusta, no me vuelvas a hablar en tu vida.

Si eliges bien, los bocadillos de los delis son gloriabendita y los desayunos de eggs on a roll de los puestos callejeros, también. Desayunar andando por la calle es un acto absolutamente innecesario pero a ratos querrás fliparte con que eres de allí, aviso de nuevo. ¿Acaso te estoy recomendando intentar molar gratuitamente? EXACTO

– Sobre lo que decíamos de salir de Manhattan. Cruza el puente de Brooklyn andando, coge el ferry gratuito a Staten Island y date un paseo por la universidad de Columbia en Harlem. Sé que las misas gospel de ahí son maravillosas, pero después de seis viajes aún no he tenido oportunidad de ir. Como ves, lo de las renuncias nunca deja de ser cierto.

– Si después de cruzar el puente de Brooklyn te sigue apeteciendo dar un paseo, tómate un café en el River Cafe, y si es al atardecer verás cómo se pone el sol detrás de la estatua de libertad al mismo tiempo que querrás tener pene y llamarte Don Draper. Otra opción en Brooklyn en la que ver un atardecer espectacular es en el Brooklyn Barge, por Greenpoint.

– EXTRA TIPS:
// Pilla un Uber desde el aeropuerto. En el JFK hay media hora de wifi gratis así que aprovecha. Sale más barato que un taxi: dos personas $30 hasta Brooklyn sin tener que dar tips. Eso sí, elige la opción Uber Pool para compartir el viaje.
// En el Metro, elige la opción de MetroCard semanal.
// En todos los Starbucks hay wifi, pero recomiendo comprar una tarjeta de pre-paid data para tener internet. Se consigue en AT&T o T-Mobile.
//Bájate CityMapper para calcular los trayectos y no perderte en el metro, ya que por cada vía pueden pasar varias líneas. En los andenes de Metro no hay cobertura, pero sí wifi gratis.

// Los newyorkers son muy simpáticos o muy cretinos. Lo primero gana por goleada, tanto que cuando te toca alguien borde el contraste es muy bestia. Vale, digamos que en general aquí todo es bastante extremo en lo bueno y en lo malo. Gente, clima, precios… Poniendo un ejemplo loco, por lo que te valen unos calzoncillos Calvin Klein en Century 21, no te da para comprar dos litros de leche en el supermercado. Comer en casa es prohibitivo, en la calle es realmente barato

// Compra tecnología sólo en B&H, JR, Best Buy, pero no en bazares por céntricos que estén.

Podría seguir, pero con esto está bien. Y si decides no hacer nada de lo que aquí pongo, mejor aún, así ya tendrás excusa para volver pronto. Ya me contarás tus descubrimientos.

BONUS TRACK: mírate esto, es el spot de Droga5 para Puma, el de After hours. https://vimeo.com/60179322 El sitio de los billares y el ping pong es The Fat Cat y es loputomás: la entrada son sólo $3 y siempre hay una banda de jazz en directo. http://www.fatcatmusic.org/

Cerca está el Two Bits Retro Arcade: Misfits y musicón en un sitio lleno de recreativas viejas a 25 cents. PASALO BIEN.

—–
Hey, si usas esta guía avísame en Twitter o Instagram (@nopodemosmas), que me hará ilusión.

[Escuchando: Vicious – Lou Reed]

4 preguntas sobre NYC

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Lía me pidió a principios de año (esto es 2016, querido visitante del futuro) que le respondiera cuatro sencillas preguntas ya que estaba a punto de enfrentarse a su primera vez en la ciudad. Esto fue lo que lo que le se me ocurrió.

– Sitio favorito para comer hamburguesas.
El PJ Clarke’s es el que recuerdo como mejor, pero mi favorito es Shake Shack. No es nada del otro mundo, es como lo que han querido copiar a la española los de The Good Burger, pero hay ALGO en el combo de patatas con queso fundido & bacon + esa hamburguesa que ponen, que me vuelve loco. En el piso de abajo de Grand Central tienes uno, por ejemplo. Habrá cola.
EXTRA ADD: Como puse en el post anterior, el Joe Jr. es gloriabendita y nuevo número 1 en la lista.
– Sitio favorito para escuchar música.
Fui muy feliz en The Fat Cat. Creo que te hablé de él: una banda de jazz toca mientras juegas al billar o al ping pong.
EXTRA ADD: Aquí rodaron algunas partes del After Hours Athlete de Puma, una de mis campañas favoritas de los últimos años.
– Sitio donde no puede faltar una foto para el instagram.
 Aquí tienes un problema. Te cuento lo que me pasa a mí: todo, hasta lo feo, es muy fotogénico. La amplitud, la manera en la que rebota mil veces la luz en los edificios, lo icónico de cada cosa por pequeña que sea, la cartelería de los pequeños negocios, los letreros pintados a mano de las furgonetas, las Harley del NYPD… (todo esto sin contar parafernalias navideñas que aún estarán puestas). Pero no es así de fácil. Cuando miraba la foto que acababa de hacer sentía que jamás hacía justicia a lo que tenía delante y que, para colmo, es una imagen que había visto mil millones de veces y mejor. Como quien va a un museo y le hace una foto a un cuadro.
Siento no poder dar una respuesta válida a esto.
– Sitio favorito en general.
En primavera es Bryant Park, junto a la Biblioteca Municipal, pero ahora está la pista de hielo y no es lo mismo. En invierno encontrarás que los únicos lugares en los que quieres permanecer mucho rato son cafeterías, porque hace mucho, mucho frío.
De todos modos, en general decir un lugar es complicado. Recuerdo preguntarle a mi padre hace unos años cuando él fue, que qué es lo que más le había gustado de NYC; se quedó pensando y me dijo simplemente “Andar por la calle.” Y es que es eso. Andar. Si conectas, serás feliz y te gustará todo. Si no, te parecerá una ciudad incómoda, grande y angustiosa a ratos.
Dentro del “cualquier otro consejo”, te voy a mandar una guía que hice hace año y pico para otra amiga que iba por primera vez y que he ido utilizando desde entonces cada vez que me he visto en una de estas. La actualicé en mi último viaje y hay ya unas cuantas de las cosas que te he puesto más arriba.
——
Y, efectivamente, le mandé aquella guía. Aquí la dejo para el próximo post.

Apuntes de un turista flipado

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Intuyo que para Quique no fue suficiente con retomar la escritura, sino que además le gustaría que lo hiciera con más frecuencia, que se lo haga saber al mundo y que le dé más movimiento a Instagram. A pesar de lo críptico de sus mensajes, intuyo que es esto lo que me está pidiendo.

Nunca he medido el éxito de un viaje por el número de cosas que eres capaz de hacer, recuerdo que incluso en mi primera estancia en Nueva York tuve claro que pasar por ciertos lugares sólo una vez no era una opción. Quería volver a ellos y así sentirlos un poco más míos. Luego llegó la etapa en la que no me importaba quedarme en una cafetería tres horas y mirar por la ventana

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Este rollo.

y ahora, en este viaje, he llegado al punto en el que quedarse en el apartamento (en lo sucesivo a este lugar lo llamaré CASA) viendo Narcos es una decisión perfectamente válida. Y el que piense lo contrario es un hiueputa malparío marica comemielda que le vi a llenal de plomo.

Nos quedan dos episodios para acabar la segunda temporada. Ay.

Los highlights de ayer fueron ir a Joe Jr, un decadente diner cerca de Union Sq. al que fuimos por recomendación de Alejandro Peré, gurú de la hamburguesa a este lado del Atlántico, y probablemente también al otro. Como única review: jodida maravilla. La mejor hamburguesa que recuerdo haber tomado y por menos de $10.

Por la tarde estuvimos por Greenpoint, lugar de Brooklyn que ya conocía porque el año pasado, cuando vine con Juan Carlevaris, nos quedamos en esa zona. Eso sí, el Brooklyn Barge no lo conocía:

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Aquí vinimos en modo Publicitarios Por El Mundo, que habíamos quedado con Guille, Crispi y Tontxo, creativos de Madrid que andan por la zona, el primero trabajando y los otros dos de vacaciones.

¿Cómo es posible que se me hubiera escapado algo así? No importa las veces que vengas, esa sensación no sólo no acaba nunca, sino que se le unen nuevas reflexiones. Después del atardecer en el Brooklyn Barge fuimos a cenar a un BBQ mítico de aquí, el Fette Sau, pero antes pasamos por otro restaurante.

Entramos.
Todo muy bonito
Seguimos nuestro camino.

Un segundo más tarde pienso en alto que si en Madrid hubiera un lugar así, sería uno de los más increíbles de la ciudad y aquí prácticamente pasa desapercibido. El resto del grupo asiente con la cabeza.

La fascinación aquí muchas veces no viene por lo imposible o lo extraordinario, sino por lo que aquí consideran que es el mínimo tolerante a la hora de abrir un negocio de cualquier tipo. Dicho de otro modo, en Nueva York es muy difícil encontrar algo con un acabado así:

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Supongo que este discurso huele a turista flipado y eso es por un motivo: PORQUE ES EL DISCURSO DE UN TURISTA FLIPADO. Y porque me interesa más hablar de esto que de que un litro de leche valga seis-putos-dólares.

Además de toda esta mierda 2006 de blog en plan “querido diario”, voy a hacer algo útil por la sociedad y voy a publicar no una cosa útil sino DOS. Lo primero, un email que le mandé a principio de año a madrileñalondinense Analía Plaza en el que me pidió que le hiciera una guía de Nueva York respondiendo cuatro certeras preguntas. Después, irá otro post con otro mail; en esta ocasión fue para la argentinamadrileña Jimena Eichelbaum y ahí me dediqué a poner todo lo que se me pasó por la cabeza que creí en su momento que podía resultar útil a cualquiera que viniera a la ciudad por primera vez.

Permanescan atentos a sus pantallas.

Quique, como habrás visto he puesto más fotos aquí y en Instagram.
Y ahora lo subo a Facebook.

[Escuchando: Shigeto – Ring Leader]

Retomar viejas costumbres

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Quique, después de leer el discurso de la Complutense que puse en el post anterior, me dijo –muy serio, que para algo es de Salamanca– que le había gustado mucho pero que era una mierda que no escribiera. Aunque fuera un párrafo rápido, sin criterio, sin pensar. Y que el viaje que estaba a punto de hacer era una buena excusa para ello.

Ok, empecemos por el contexto: estoy en un apartamento junto a Graham Ave. en Williamsburg, Brooklyn, NY. De vacaciones. Todo septiembre. La expedición es conjunta con Silvia Grav (sí, llevo tanto sin escribir que hasta me ha dado tiempo a echarme novia).

Es sábado 3 de septiembre. Son las 20:18 y llegamos hace menos de 48 horas, sin más planes que unas entradas para ver a Louis CK dentro unos días. Silvia vivió aquí una temporada y esta es mi séptima vez en Nueva York (choco esos cinco conmigo mismo), con lo cual podría decirse que venimos con los deberes hechos. Ante semejante panorama toca dejarse llevar; el primer día aquí siempre me arrastra al midtown, a revivir el microinfarto que da enfrentarse a los rascacielos la primera vez. Curiosamente, es a ellos a lo primero a lo que se acostumbra la vista.

Andar, entrar en tiendas, sentarnos en los bancos que hay en la plaza frente a Penn Station, mirar a la gente, ir por comida a un sitio cualquiera y encontrarnos con que la ensalada de atún picante que tienen ahí es una especie de milagro, volver a la plaza, comer, andar por Hell’s Kitchen, acabar en Bryant Park y sentarnos a leer hasta que se hace de noche, dar una vuelta por Times Square, comer pizza, volver a Brooklyn. Nada fuera de lugar, nada extravagante y aún así la sensación constante es de que todo es único y maravilloso; explicar el por qué de tanta fascinación me resulta tan imposible como contar por qué odio el pimiento con toda mi alma.

Otro día sigo, hoy venía sólo a decir hola.

La (segunda) graduación

Feliz año nuevo. Es 7  de agosto, pero nunca es tarde, supongo. Llevo meses, más que bastantes y menos que muchos, sin escribir una palabra. Podría decir que la soledad de esta silenciosa mañana de verano en Madrid me ha inspirado para sentarme frente al ordenador y así alimentar alguna inexistente leyenda de escritor maldito, pero no es el caso. Lo que me ha traído es otra cosa más práctica.

Como gran amante de las casualidades y los acontecimientos cíclicos, hoy toca dejar constancia de algo que ocurrió hace unas semanas. “Te han robado la moto” No, no es eso. Creo. Bueno, la dejé en el garaje anoche así que ahora mismo no me atrevo a poner la mano en el fuego. En cualquier caso, la historia es que hace dos años tuve la suerte de ser padrino de los licenciados de Publicidad y RRPP de la Complutense y este año… otra vez. Esta responsibilidad conlleva ir y dar un discurso suficientemente motivador como para que los ahí presentes sientan la urgencia de venirse arriba, de querer comerse el mundo o –realmente con esto ya valdría– simplemente creérselo un poco.

Luego uno aprovecha para meter sus homenajes, claro. Esto lo conseguí en el primer discurso, que se puede encontrar por aquí, y en el segundo aproveché que me dejaron colar a mis padres para repetir la jugada. Aquí lo dejo, por si alguien quiere leerlo (o incluso descargarlo en este link)

Cambiando de tema, otro día debería escribir algo sobre si tiene sentido a estas alturas de la película seguir con el blog. Como decían Standstill: “Un aplauso… ¿salimos o no? ¿seguimos o no?”

Stanstill se separaron el año pasado, por cierto.

[Escuchando: Chet Baker – Old Devil Moon]

Ahora, justo ahora

Sábado por la mañana. No muy pronto, no muy tarde. La ventana abierta de par en par y una vez más yo sentado en el sillón que he movido para desayunar mirando a la calle. Veo el edificio de Telefónica, Callao, los campanarios de las parroquias de Malasaña. También está, justo en línea recta, ese feo hotel amarillo de la Plaza de la Luna que tenía delante cuando vivía en la calle Desengaño. A un lado, el majestuoso edificio hueco que preside Plaza de España esperando saber qué va a ser de él, como si se tratara de un estudiante esperando su nota. Si miro más arriba, veo que el cielo está completamente cubierto por una capa de nubes del grosor justo como para no oscurecer la ciudad y al mismo tiempo suavizar el horizonte evitando que las líneas que lo forman proyecten sombras.

Hace frío, pero poco frío. Lo justo como para que si cierro la ventana la casa vuelva a su temperatura, pero en vez de eso he preferido ponerme una camisa por encima.

Una persiana abriéndose rompe la compleja calma de este lugar. Aquí el silencio se oye. Es un zumbido que nunca he sabido reconocer de qué está compuesto; no suena a coches, no suena a máquinas de aire acondicionado, no suena a nada. Si le echas un poco de imaginación, podrías llegar a pensar que no está tan lejos del sonido de las olas del mar llegando a la orilla.

Todo esto que oigo y no oigo, es tan sólo otra demostración de que en Madrid todo está vivo; hasta el silencio. Cojo aire. Sigo mirando.

Blanco, gris, verde y marrón. Vecinos, terrazas, ropa tendida, familias enamoradas, parejas aburridas, macetas, antenas parabólicas, pararrayos, árboles, tejados, toldos, flores secas, casas abandonadas, bicicletas olvidadas.

Ahí están, como siempre, esperándome para decir hola como un perro recibiéndote al llegar a casa. Sin embargo, aunque a veces no me dé ni cuenta, soy yo el que no está. No cada mañana es sábado por la mañana.

Minutos más tarde…

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¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Se me oye?

Creo que es la primera vez que paso casi tres meses sin escribir aquí, pero no ha sido cosa mía. En serio, que la culpa es de Tokyo. Así es, una vez más me ha pasado por encima la incapacidad/impaciencia de enfrentarme a cosas de la magnitud de aquellos diez días a finales de junio.

Hace poco mi hermano Curro volvía de Vietnam y poco antes de subir al avión escribía en Facebook unos párrafos contando de manera sencilla pero intensa lo que aquello le supuso. Qué cabrón. Me pareció como cuando ves al de Bricomanía hacer una caseta para el perro con cuatro tablones y unos clavos y crees que si te pusieras serías capaz, pero sabes que no. Ni de coña. No puedo y no sé, porque lo que he tenido que procesar no es un destino, sino un viaje único en la vida y eso me ha superado. Esto es algo que se veía venir, pero cuando me di cuenta de verdad fue a la vuelta, en la escala en Amsterdam. Ahí, solo en el aeropuerto, me conecté al wifi y vi la imagen que subí a Facebook antes de salir. Casi todos los likes eran de gente que antes del viaje no conocía y sentirme de repente a diez mil kilómetros de ellos me dejó sin aire. Busqué el baño más cercano y me dio una breve llorera.

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Como se puede intuir, si empiezo a poner aquí todo lo importante del viaje, el relato de lo vivido rozaría la pornografía emocional y eso, por términos generales, MAL.

Y además de todo eso que no voy a contar, ¿qué ha pasado en estos meses de ausencia? Vale, pues después de Japón llegó Madrid, rodar en Barcelona, dos semanas en Mallorca, vuelta a Madrid de nuevo, nuevo curso, nuevas caras en la agencia, nuevos proyectos y los mismos agobios de siempre. Qué le vamos a hacer. Si no fuera por ellos no estaría ahora coqueteando con el insomnio; sin el insomnio no estaría ahora tecleando compulsivamente delante del ordenador.

Perfecto, estamos en paz, ya puedo dejar el verano atrás.

Ahora es lunes 19 de octubre, son las 2:01 AM y en Twitter me acaba de llegar una frase que no sé si resume bien este post, el blog o… todo, en general:

 Rafagil vete a dormir que te vas a morir de vivir tanto.

Escuchando: [Matta – Brian Eno]

Osaka & Nara (one more time)

La lentitud, la angustia, el aburrimiento. De pequeño todo me parecía bien en verano, todo menos una cosa.

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Ese cuaderno estaba escrito con la sangre de Satanás y a mí, como el estudiante de mierda que siempre fui, me tocaba hacerlo sin remedio; definitivamente no había nada a lo que me diera más pereza enfrentarme. Bien, pues así me siento yo ahora teniendo que contar prácticamente la mitad de las tres semanas de mi viaje a Asia. Es verano, tengo una página en blanco, una obligación moral con mi yo del futuro y con gente que ya me ha dicho que está deseando leer qué fue de nosotros en tan lejanos lugares. Pero que no es eso, que yo me pongo a ello, pero no voy a poder quitarme de encima la sensación de estar malcontando algo que es más grande que mis ganas y mi capacidad de escribir.

Cuando he leído por encima lo posteado hasta ahora me parece todo pequeño e insuficiente por todo lo que dejo en el tintero y también superficial, porque debajo de todo lo que he encontrado hay un cúmulo de sentimientos bestial que aún no he conseguido procesar y mucho menos comprender. Y probablemente esta sea la mejor síntesis de lo supuesto Japón: demasiado. Tanto que aún no estoy seguro de si una parte de mí se ha quedado en Tokyo o de si una parte de Tokyo se ha venido conmigo a Madrid. O, como pronunciaban los japoneses, MADURITO.

En definitiva, mi desorden mental ahora mismo se parece al que sientes cuando tienes 50 cajas tiradas en el salón después de una mudanza, pero bueno me pongo a ello.

¿Por dónde íbamos? De Osaka no llegué a contar nada a pesar de que fue la ciudad a la que llegamos en Japón. La primera impresión fue fuerte, pero pronto nos dimos cuenta de que no era tanto por el lugar como por tener nuestro primer contacto con los japoneses (y su comida). No hizo falta salir del aeropuerto para ver que, a pesar de que habíamos pasado por otras cuatro ciudades de Asia, esto era otra cosa. Los policías de inmigración nos pidieron, además de la dirección, el nombre y apellidos y teléfono de contacto de la persona que era nuestro contacto allí. Bienvenido al perfeccionismo nipón. Todo esto, por supuesto, con el trato más amable que puedas imaginar en un puesto que en el resto del planeta sólo ocupa gente muy jodida con el mundo.

Pasar los dos días de Osaka con una familia de allí con la que contactamos vía Couchsurfing puede que fuera lo mejor de la ciudad. Situación: llegamos de noche, tarde, y enseguida nos fuimos a la cama. Al día siguiente, lo primero a lo que me enfrenté fue… a la televisión. Pasar la primera mañana en Japón viendo el teletienda y el equivalente a Ana Rosa me convirtió en un crío hipnotizado por todo lo que salía del televisor. Todo esto después de ducharte en sus duchas, que no son como las nuestras y de conocer los retretes locales que (oh no) TAMPOCO son como los nuestros. Efectivamente, no habíamos salido de casa y yo ya me sentía un indígena frente a un semáforo.

Pasando al apartado turista, más allá de las vistas del Umeda Building, no saqué demasiadas fotos. Será la ciudad? Será que no supimos encontrar los rincones inolvidables de Osaka? Probablemente lo segundo, pero también es cierto que en el resto de Japón no nos hizo falta buscar demasiado.

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Nuestro siguiente destino estaba a 30 kilómetros. En Nara no hicimos noche pero tampoco hizo falta, en una tarde pudimos visitar el Nara Park. Ese sitio me partió en dos. Supongo que mi estado anímico de felicidad constante ayudó, pero la paz de ese lugar me llegó de una forma especial. Para empezar, lo más característico de ese sitio: los ciervos. Muchos. Cientos de ellos; más bonitos que simpáticos y que consiguen dar a aquello un halo de lugar mágico muy curioso. Es como si en mitad de todo aquello pudiera haber cruzado un unicornio azul y pasar moderadamente desapercibido. Después del recibimiento, Todai-ji, el que sin duda fue el templo más impresionante de todos los que vimos.

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Ahí fue donde tuve esa especie de revelación mística inesperada, un bofetón de espiritualidad de esos que parece que sólo le dan a los actores de Hollywood cuando se aburren de hacer el crápula.

Como buenos españoles, llegamos diez minutos antes del cierre y eso acabó siendo una suerte importante: el lugar estaba vacío. Apenas media docena de turistas, una cantidad suficiente como para no sentir que estás en una atracción de feria. Tenemos que asumirlo, los turistas somos para el resto ruido, un despiste que consigue transformar cualquier cosa por maravillosa que sea, en entretenimiento vulgar.

Después del templo tocaba un paseo por el parque y ya al anochecer, poner rumbo a Kyoto.

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Escuchando: [Shigeto – Ringleader]