Ahora, justo ahora

Sábado por la mañana. No muy pronto, no muy tarde. La ventana abierta de par en par y una vez más yo sentado en el sillón que he movido para desayunar mirando a la calle. Veo el edificio de Telefónica, Callao, los campanarios de las parroquias de Malasaña. También está, justo en línea recta, ese feo hotel amarillo de la Plaza de la Luna que tenía delante cuando vivía en la calle Desengaño. A un lado, el majestuoso edificio hueco que preside Plaza de España esperando saber qué va a ser de él, como si se tratara de un estudiante esperando su nota. Si miro más arriba, veo que el cielo está completamente cubierto por una capa de nubes del grosor justo como para no oscurecer la ciudad y al mismo tiempo suavizar el horizonte evitando que las líneas que lo forman proyecten sombras.

Hace frío, pero poco frío. Lo justo como para que si cierro la ventana la casa vuelva a su temperatura, pero en vez de eso he preferido ponerme una camisa por encima.

Una persiana abriéndose rompe la compleja calma de este lugar. Aquí el silencio se oye. Es un zumbido que nunca he sabido reconocer de qué está compuesto; no suena a coches, no suena a máquinas de aire acondicionado, no suena a nada. Si le echas un poco de imaginación, podrías llegar a pensar que no está tan lejos del sonido de las olas del mar llegando a la orilla.

Todo esto que oigo y no oigo, es tan sólo otra demostración de que en Madrid todo está vivo; hasta el silencio. Cojo aire. Sigo mirando.

Blanco, gris, verde y marrón. Vecinos, terrazas, ropa tendida, familias enamoradas, parejas aburridas, macetas, antenas parabólicas, pararrayos, árboles, tejados, toldos, flores secas, casas abandonadas, bicicletas olvidadas.

Ahí están, como siempre, esperándome para decir hola como un perro recibiéndote al llegar a casa. Sin embargo, aunque a veces no me dé ni cuenta, soy yo el que no está. No cada mañana es sábado por la mañana.

Minutos más tarde…

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¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Se me oye?

Creo que es la primera vez que paso casi tres meses sin escribir aquí, pero no ha sido cosa mía. En serio, que la culpa es de Tokyo. Así es, una vez más me ha pasado por encima la incapacidad/impaciencia de enfrentarme a cosas de la magnitud de aquellos diez días a finales de junio.

Hace poco mi hermano Curro volvía de Vietnam y poco antes de subir al avión escribía en Facebook unos párrafos contando de manera sencilla pero intensa lo que aquello le supuso. Qué cabrón. Me pareció como cuando ves al de Bricomanía hacer una caseta para el perro con cuatro tablones y unos clavos y crees que si te pusieras serías capaz, pero sabes que no. Ni de coña. No puedo y no sé, porque lo que he tenido que procesar no es un destino, sino un viaje único en la vida y eso me ha superado. Esto es algo que se veía venir, pero cuando me di cuenta de verdad fue a la vuelta, en la escala en Amsterdam. Ahí, solo en el aeropuerto, me conecté al wifi y vi la imagen que subí a Facebook antes de salir. Casi todos los likes eran de gente que antes del viaje no conocía y sentirme de repente a diez mil kilómetros de ellos me dejó sin aire. Busqué el baño más cercano y me dio una breve llorera.

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Como se puede intuir, si empiezo a poner aquí todo lo importante del viaje, el relato de lo vivido rozaría la pornografía emocional y eso, por términos generales, MAL.

Y además de todo eso que no voy a contar, ¿qué ha pasado en estos meses de ausencia? Vale, pues después de Japón llegó Madrid, rodar en Barcelona, dos semanas en Mallorca, vuelta a Madrid de nuevo, nuevo curso, nuevas caras en la agencia, nuevos proyectos y los mismos agobios de siempre. Qué le vamos a hacer. Si no fuera por ellos no estaría ahora coqueteando con el insomnio; sin el insomnio no estaría ahora tecleando compulsivamente delante del ordenador.

Perfecto, estamos en paz, ya puedo dejar el verano atrás.

Ahora es lunes 19 de octubre, son las 2:01 AM y en Twitter me acaba de llegar una frase que no sé si resume bien este post, el blog o… todo, en general:

 Rafagil vete a dormir que te vas a morir de vivir tanto.

Escuchando: [Matta – Brian Eno]

Osaka & Nara (one more time)

La lentitud, la angustia, el aburrimiento. De pequeño todo me parecía bien en verano, todo menos una cosa.

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Ese cuaderno estaba escrito con la sangre de Satanás y a mí, como el estudiante de mierda que siempre fui, me tocaba hacerlo sin remedio; definitivamente no había nada a lo que me diera más pereza enfrentarme. Bien, pues así me siento yo ahora teniendo que contar prácticamente la mitad de las tres semanas de mi viaje a Asia. Es verano, tengo una página en blanco, una obligación moral con mi yo del futuro y con gente que ya me ha dicho que está deseando leer qué fue de nosotros en tan lejanos lugares. Pero que no es eso, que yo me pongo a ello, pero no voy a poder quitarme de encima la sensación de estar malcontando algo que es más grande que mis ganas y mi capacidad de escribir.

Cuando he leído por encima lo posteado hasta ahora me parece todo pequeño e insuficiente por todo lo que dejo en el tintero y también superficial, porque debajo de todo lo que he encontrado hay un cúmulo de sentimientos bestial que aún no he conseguido procesar y mucho menos comprender. Y probablemente esta sea la mejor síntesis de lo supuesto Japón: demasiado. Tanto que aún no estoy seguro de si una parte de mí se ha quedado en Tokyo o de si una parte de Tokyo se ha venido conmigo a Madrid. O, como pronunciaban los japoneses, MADURITO.

En definitiva, mi desorden mental ahora mismo se parece al que sientes cuando tienes 50 cajas tiradas en el salón después de una mudanza, pero bueno me pongo a ello.

¿Por dónde íbamos? De Osaka no llegué a contar nada a pesar de que fue la ciudad a la que llegamos en Japón. La primera impresión fue fuerte, pero pronto nos dimos cuenta de que no era tanto por el lugar como por tener nuestro primer contacto con los japoneses (y su comida). No hizo falta salir del aeropuerto para ver que, a pesar de que habíamos pasado por otras cuatro ciudades de Asia, esto era otra cosa. Los policías de inmigración nos pidieron, además de la dirección, el nombre y apellidos y teléfono de contacto de la persona que era nuestro contacto allí. Bienvenido al perfeccionismo nipón. Todo esto, por supuesto, con el trato más amable que puedas imaginar en un puesto que en el resto del planeta sólo ocupa gente muy jodida con el mundo.

Pasar los dos días de Osaka con una familia de allí con la que contactamos vía Couchsurfing puede que fuera lo mejor de la ciudad. Situación: llegamos de noche, tarde, y enseguida nos fuimos a la cama. Al día siguiente, lo primero a lo que me enfrenté fue… a la televisión. Pasar la primera mañana en Japón viendo el teletienda y el equivalente a Ana Rosa me convirtió en un crío hipnotizado por todo lo que salía del televisor. Todo esto después de ducharte en sus duchas, que no son como las nuestras y de conocer los retretes locales que (oh no) TAMPOCO son como los nuestros. Efectivamente, no habíamos salido de casa y yo ya me sentía un indígena frente a un semáforo.

Pasando al apartado turista, más allá de las vistas del Umeda Building, no saqué demasiadas fotos. Será la ciudad? Será que no supimos encontrar los rincones inolvidables de Osaka? Probablemente lo segundo, pero también es cierto que en el resto de Japón no nos hizo falta buscar demasiado.

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Nuestro siguiente destino estaba a 30 kilómetros. En Nara no hicimos noche pero tampoco hizo falta, en una tarde pudimos visitar el Nara Park. Ese sitio me partió en dos. Supongo que mi estado anímico de felicidad constante ayudó, pero la paz de ese lugar me llegó de una forma especial. Para empezar, lo más característico de ese sitio: los ciervos. Muchos. Cientos de ellos; más bonitos que simpáticos y que consiguen dar a aquello un halo de lugar mágico muy curioso. Es como si en mitad de todo aquello pudiera haber cruzado un unicornio azul y pasar moderadamente desapercibido. Después del recibimiento, Todai-ji, el que sin duda fue el templo más impresionante de todos los que vimos.

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Ahí fue donde tuve esa especie de revelación mística inesperada, un bofetón de espiritualidad de esos que parece que sólo le dan a los actores de Hollywood cuando se aburren de hacer el crápula.

Como buenos españoles, llegamos diez minutos antes del cierre y eso acabó siendo una suerte importante: el lugar estaba vacío. Apenas media docena de turistas, una cantidad suficiente como para no sentir que estás en una atracción de feria. Tenemos que asumirlo, los turistas somos para el resto ruido, un despiste que consigue transformar cualquier cosa por maravillosa que sea, en entretenimiento vulgar.

Después del templo tocaba un paseo por el parque y ya al anochecer, poner rumbo a Kyoto.

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Escuchando: [Shigeto – Ringleader]

Nara // 2 de julio. 2:54 am

Esta mañana, bueno, esta tarde debería de decir… no podría decirse que estamos madrugando, llegamos a Nara. Para nuestro segundo día completo en Japón decidimos alejarnos de Osaka y aprovechar para coger el tren e irnos al interior del país.

Dentro de las miserias del turismo survival hay cosas como “los cajeros no nos dan dinero”. Probamos en muchos, pero no había suerte. Al fin, no sin pocos problemas de comunicación, una señora mayor-no-muy-mayor nos indicó dónde había uno que sí aceptaba tarjetas internacionales. Una vez lo conseguimos, volvimos a su ventanilla a por un mapa y le preguntamos por dónde pasar la tarde. Nos marcó un camino y, sin dejar de sonreír, nos hizo un gesto de “por favor, no os vayáis todavía!” Se dio media vuelta y sacó una estrella de papiroflexia que había hecho ella misma. “It’s a present, ninja star…” e hizo el gesto de lanzarlas. Nos dio dos, una para cada uno y nos dijo adiós en español.

Aquí tenéis que hacer el esfuerzo de creerme, ok? En aquella señora, había cariño real. Nos lo dio de corazón, porque sí, porque aquí la gente es amable y respetuosa de una forma que no podría compararlo con nada. Constantemente. La cajera. El guarda jurado del metro. El señor al que le cedes el asiento y cuando se va del vagón se acerca a darte las gracias de nuevo y decirte adiós. La chica que le preguntas por un sitio para comer y te acompaña dos manzanas en la dirección contraria a su camino.

Me duele la cabeza de todo lo que he visto en estos días. Es casi una indigestión emocional por no haber podido procesar aún todo lo he he tenido delante. Sin ir más lejos, cuarenta minutos más tarde de que nos regalaran las estrellas ninja, esto.

AQUÍ VA UNA FOTO DE UN TEMPLO BESTIAL, PERO OS ACORDÁIS QUE NO PUEDO SUBIR FOTOS, VERDAD?

En pendientes: Osaka y Miyumi. Me voy a dormir. Mañana intento subir lo que he escrito. Algo. Todo. Ya veré, ahora me duele la cabeza.

Taipei // 29 de junio. 8:48pm

Tengo dos opciones. Puedo pensar en lo majo que ha sido un chaval que se está sentado en el 9F, junto a quique, que antes de despegar nos ha compartido su 3G o bien puedo ir a la azafata, pedir cubiertos y clavarle una cucharita de café en la arteria femoral a la hija de la gran puta del asiento de delante que, cada vez en mis rodillas rozan un pixel su asiento se da la vuelta y me mira con cara de psicópata (probablemente blandiendo una diabólica sonrisa oculta tras esa mascarilla que solo le deja al descubierto los ojos). En lo que vienen con los cubiertos aprovecharé para escribir. 

Estamos volando entre Hong Kong y Osaka, a donde llegaremos en un par de horas, una semana después de que empezara todo. No me hace falta releer todo lo anterior, esos post mal escritos y que aún no he enviado, para saber que no he contado NADA y dentro de tanta superficialidad lo que me he dejado fuera del tintero es Taipei. 

Después del caos entre divertido y peligroso de Shanghái, Taipei parece algo así como el hermano empollón, a ratos una suerte de cruce entre China y Dinamarca. Kind of. Es fácil sentirse cómodo ahí para un europeo, la ciudad se nota que lleva mucho tiempo mirando a Occidente… dios, la imbécil esta se sigue echando hacia detrás, apretando… Me está jodiendo la rodilla… Hmmmmrppprffff…

Sigo. Rascacielos, autopistas, taxis que parecen coches sacados del Need for Speed y un tufillo general de que tecnológicamente nos funden a pesar de que por todas partes hay casas cayéndose a cachos. La gente es espectacularmente simpática, dato importante. “Eso es porque vienes de Shanghái!” nos decía Vince (en español, por cierto). Vince es un amigo de Alex Katz que pasó un año en Madrid y con el que nos pusimos en contacto para salir a tomar algo por la zona piji de la ciudad. Espectacular noche, ya lo creo. Volviendo a la gente, sí, en Shanghái son un poco más hardcore que en Taipei, pero por lo general no tuvimos demasiados problemas. 

De Macao ya he contado un poco por encima y no hay mucho más. Estando ahí le di muchas vueltas al concepto del lujo. Otra cosa para la lista de temas sobre los que me gustaría escribir con tiempo (lol) es lo infantiles que me resultan los conceptos de lujo y glamour. Y no se trata de ningún manifiesto sobre el materialismo, socorro, sino… bueno, cuanto toque. 

Hong Kong, me quedé ahí en el post anterior. Es con diferencia el sitio en el que menos tiempo hemos estado y ha sido una pena. Pero no. Mexplico. (Esta ahora se pone a dar culazos al asiento, madrededios, a ver cuando llegan ya los utensilios y arranco la matanza). Hong Kong es Europa. Es Estados Unidos. Es Nueva York. Tiene hasta una plaza con pantallas que se llama Times Square. Es loputomás porque, conociendo NY y otras zonas de China, es cómodo. Es casa. 

Y ahora, Japón. 

Macao // 28 de junio. 7:36pm

Domingo, 19.15. Cuál es el siguiente hueco para escribir? Por supuesto viajando. Esta vez en un ferry de Macao a Hong Kong. En esta especie de Andorra china hemos estado unas treinta horas, un tiempo bastante razonable para conocer el lugar y darse cuenta de si estás en la City of Dreams como ellos dicen o en una réplica de Las Vegas para millonarios orientales. 
Respuesta correcta: LA B. 
Ya me extenderé sobre esto en algún momento. Espero. 

El lugar es barroco, auténtico en su exceso, decadente y absurdo a ratos, pero vaya, hemos pasado una de las noches mas divertidas de nuestra vida. Si no estuviéramos llegando es cuando tendría que hablar del protagonista de esta parte del trayecto, y es que creíamos que viajábamos a Macao y resulta que veníamos a ver a alguien que no conociamos: Josep.

Shanghái // 24 de junio. 10:15pm

No sé cómo, pero ya es jueves. Jueves noche en algún punto entre Shanghái y Taipei a bordo de un Boeing 747 de China Airlines. La primera etapa del viaje este loco al que Quique y yo hemos decidido titular #BodasdePlataAsianTour ha terminado. 

(Pausa para cenar. Nos han puesto unos tallarines con pollo y brócoli bastante decentes, una ensalada de algo que desconozco y un tomatito cherry; de postre un bizcocho de naranja algo seco que se dejaba comer. También tres trozos de fruta: sandía, melón y otra cosa blanca con semillitas negras. Desde fuera podría confundirse con sushi. Soy un cateto, que alguien me ayude a distinguir semejante alimento). 

Además de haber perdido la funda de mis cascos pijos, lo peor de esta primera parte del viaje es el tiempo que hemos pedido en… el viaje. Salimos el lunes a mediodía, escala de tres horas en París y llegada a Shanghái ya el martes casi de noche por el cambio horario. Un momento, he dicho escala en Paris? 

AQUÍ DEBERÍA PONER UNA FOTO MÍA CON CAROL EN EL CHARLES DE GAULLE, PERO NO ESTOY DIENDO CAPAZ DE SUBIR NINGUNA A WORDPRESS, ASÍ QUE VAN A QUEDAR UNOS POSTS BASTANTE SOVIETICOS. PERDONEN LAS MOLESTIAS.  

Antes de embarcar subí una foto diciendo que parábamos ahí. “Estás de coña.” Un whatsapp de Carol diciendo que está en Barcelona embarcando rumbo París. Cinco minutos que nos vimos ahí, que no nos dio tiempo ni a casarnos ni nada pero bueno, al menos nos hicimos unas fotillos haciendo el subnormal. Como es mi blog puedo permitirme decir subnormal sin que ningún colectivo se inquiete, verdad? Maldita sea, estos tiempos que corren… Prosigo. 
Tras tropecientas horas de un viaje menos insoportable de lo que esperábamos, orfidales mediante, llegamos al aeropuerto de Pudon en el que nos dejamos estafar un poco con el servicio de taxi. Nada grave. Y de aquí en adelante, China. De ahí hacia atrás, lo que creía conocer de China. Los prejuicios. Inevitables prejuicios. Imprescindibles prejuicios. Quien no tiene opiniones preconcebidas de algo es porque no ha pensado nunca en ello, pero estando en una ciudad como Madrid con una población china tan numerosa, es difícil no tener tu propia idea de lo cómo son o de dónde viven. 

Después de este freestyle de obviedades, un día y medio para observar una ciudad de 26 millones de habitantes en el país más grande del mundo. Una puta mierda de valoración es la que se puede hacer en semejantes condiciones pero vaya, ES LO QUE HAY. ”

“Madrid? Spain! I know… small country, right?” nos dijo en un inglés de pronunciación imposible el tipo del aeropuerto que nos estafó un poco con el taxi pero nos dio igual. Y sí, qué coño, pues small country, qué le vas a decir. Después de ponernos en nuestro sitio, China. Ahora sí. Ya habíamos llegado. Edificios gigantes, tiendas pequeñas a punto de derrumbarse, grandes vallas con marcas de moda. Infraestructuras y carreteras que hace que nuestras autopistas sean sonrojantes. Mugrientas motos eléctricas que circulan por donde quieren y lujosos coches en igual proporción. El trafico más jodidamente caotico que jamás pudiera imaginar. 

Y qué hay de ellos? Son enérgicos, amables, temperamentales, impredecibles, espontáneos y más modernoscosmopolitas de lo que imaginaba y más sonrientes de lo que conocía. Me ha gustado tratar con ellos. 

Vaya, aterrizamos. Ya seguiré en otro momento. Es curioso, no tengo ningún prejuicio de Taiwan. Qué pasará, qué misterios habrá?

#BodasDePlataAsianTour

Son las 12:56pm del domingo 5 de julio. Estoy con Quique en un apartamento de Tokio arrancando la tercera y última semana de un viaje que nos ha llevado por Shanghái, Taipei, Macao, Hong Kong, Osaka, Nara, Kioto hasta llegar a donde me encuentro ahora. Lo de bodasdeplata? Nos hemos inventado eso con la excusa de que hace 25 años que somos amigos, aunque lo cierto es que llevamos hablando de hacer este viaje desde que éramos unos adolescentes raperos. 

En algunos huecos minúsculos he dejado apuntes de algo que luego debería ser un post en condiciones, pero no tengo tiempo para escribir DE VERDAD el millón de cosas que tengo en la cabeza que apenas puedo digerir, WordPress no me está dejando subir fotos a través de 3G y además con el iPad no escribo a velocidad taquígrafo precisamente. Conclusión? Tomaos esto como mínimos apuntes absurdos, no como un relato de lo que hemos vivido. Mejor aún, lo que estamos viviendo: una de esas cosas que sabemos que nos va a acompañar durante el resto de nuestra vida. Que no me quiero poner intenso, pero es que VAYA.

Para algún documento gráfico con el que ilustrar esto, date un paseo por mi instagram.

Cóctel de tormenta

No es frecuente que Madrid huela a tormenta. Es raro de cojones que Madrid huela a tormenta. Sí, esto parece un poco más preciso. Esta es una de esas raras noches en las que la ciudad parece un prado o al menos el peregrino concepto de prado que yo puedo tener en la cabeza, que vete tú a saber.

Estaba a punto de acostarme y al ir a cerrar la ventana del salón el aire casi frío me ha despertado lo justo para llevarme delante del ordenador a intentar poner un poco de orden. En mi cabeza, no en el blog. Además de la insípida lista de cosas que hice en el anterior post, también apunté, como quien no quiere la cosa, mi momento de insensibilidad a medio camino entre lo zen y lo inerte. El reverso tenebroso de la paz interior, podríamos decir. ¿Que me roban el móvil con todas las fotos del viaje a Nueva York? Qué se le va a hacer. ¿Que me caen siete premios en un mes? Bueno, seguro que mi familia se pone loca de contenta. Vale, probablemente esto no tenga nada de tenebroso pero definitivamente no es muy emocionante. Hasta el miércoles pasado.

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Concierto de Standstill en la Riviera. Último en Madrid antes de separarse. Salen al escenario respirando hondo e intentando quitarle emoción al asunto consiguiendo tan sólo dejar claro que aquel momento les tiene emocionalmente rotos. Estupendo, aún no había sonado una nota y ya habían conseguido impregnar el aire de tragedia. No lo pasé bien. Mi conexión vital con esta banda es extraña e intensa y aquel concierto empezaba a parecerse cada vez más a la despedida de un ser querido que no vas a volver a ver nunca más. Y esto, es un problema. Cuando voy a un concierto SOLO estoy ahí, no pasa nada en ningún otro sitio, no me interesa demasiado hablar con la persona que tengo al lado… estoy dentro porque no hay antes ni después, sólo ahora. Problema: “Ahora” no existe cuando te da por imaginarte en el futuro echando de menos ese último concierto en el que te encuentras. Paradoja temporal. Boom. Finaliza, se encienden las luces y tú, en lugar de pensar en lo que has tenido piensas en lo que no vas a tener y la bajona llega fuerte. Tristeza. Confusión. Eh… un momento, buenas noticias! SIENTO COSAS!

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Pasan tres días y estoy en Berlín. El azar ha querido poner en la misma semana dos conciertos de bandas que han sido, y son, desproporcionadamente importantes en mi vida. En este caso, Faith No More. Por contextualizar de un plumazo, se trataba de la gira de presentación de su nuevo disco, algo que nadie imaginó que pudiera llegar a pasar ya que se separaron en el 99. Pero ocurre. Y salen al escenario y sonríen y saltan y se dejan la vida. Y yo salto y sonrío y pienso que aquello se va acabar y va a ser terrible; luego pienso que hay algo peor que el final del concierto y es que te mueres y dejas de escuchar música y que eso tiene que ser jodidamente aburrido. Pero ello saltan y sonríen y yo vuelvo a estar ahí. Dentro. El show termina y llega la confusión, pero también la felicidad.

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He estado en el mejor concierto de mi vida y debería pensar en cuánto lo echaré de menos pero no es así. Lo que queda es satisfacción. Semejante cóctel de emociones es curioso pero vaya, si tienen que ser dos conciertos los que me den un vuelco al corazón, que así sea. No sé, me pongo a leer lo que he escrito y suena extraño. También lo es que huela a tormenta en Madrid.

Escuchando: [Gosh – Jamie xx]

Diecisiete

1. Rodaje para Juegaterapia con Risto Mejide, Chicote y el Hombre de negro.
2. Apagón en Malasaña.
3. Pinchar en el Passenger.
4. Concierto de Menilmontant Swing.
5. Escribir un artículo sobre el primer disco de Body Count para el Popular 1.
6. Concierto de God is an astronaut con Raquelines, la inmigrante argentina.
7. Concierto de Charles Aznavour con mi madre.
8. Rodaje de Paf (más adelante ya se sabrá de qué se trata algo con ese nombre). Escuchar el nuevo disco de Faith No More.
9. Arrancar con unos amigos lo de #MadridConManuela.
10. Tatuarme. Dolor.
11. Me dicen que he ganado en el Fice un bronce, dos oros y el Grand Prix.
12. Tocar una cutreversión al piano con Nikki.
13. Pinchar en el Passenger y encontrarme allí con Javi Alvariño, Elizalde y Sunny, una antigua alumna búlgara.
14.Final de Mad Men.
15. Final de la temporada 40 de Saturday Night Live con Louis CK.
16. Escribir esto.

Vuelco cual lista de la compra lo que me ha pasado o he vivido desde la última vez que escribí y me siento como un traficante contando billetes con desgana antes de meterlos en una bolsa del Decathlon. No le doy mucha bola a las alegrías y las tristezas no me afectan demasiado; a primera vista es difícil distinguir si esto es el nirvana o entumecimiento emocional. Sea lo que sea, me gusta. A veces.

17. Hoy me acuesto antes de las dos.

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Escuchando: [Lion – Four Tet]