Diego

Diego fue mi tío-abuelo (más abuelo que tío), una de las personas más importantes de mi vida y uno de los motores de mi familia. Tenía un bar en la Plaza de San Francisco de Sevilla; “El Tubo” era una tasca que me parecía maravillosa pero que realmente era una especie de Palentino sin gente joven y con menos luz. Recuerdo una vez allí con mis padres, ellos estaban sentados en la terraza y yo, siguiendo la costumbre, en la barra o dando botones como un subnormal en la tragaperras haciendo como que jugaba. “Niño, llévale esto a tus padres”. Me giro y veo dos copas de cerveza gigantescas y rebosantes. No sé si realmente serían TAN grandes pero para un crío de ocho años definitivamente tenían un tamaño considerable.

¿Habéis visto el Chico de Oro? ¿Recordáis cuando Eddie Murphy tiene que superar una prueba consistente en llevar un vaso de agua sin derramarse por una especie de cueva? Vale, NO, pero os hacéis a la idea de por dónde voy. Me dirigí a las copas y conteniendo la respiración las cogí y empecé a andar con ellas

dando.pasos.muy.pequeños.

No podía dejar de clavar la mirada en lo que llevaba en la mano como si con la vista pudiera hacer que la espuma no se saliera por los bordes, pero a pesar de mi cuidado y concentración extrema las copas no hacían más que temblar. Aquello no tenía buena pinta y a cada paso que daba me iba poniendo más nervioso. Seguí así un par de metros hasta que de repente, oí uno de los mejores consejos que me han dado en toda mi vida.

“Rafael” dijo Diego, “mira para adelante. Anda y olvídate de las copas si quieres que no se derramen”. ¿Que no mire? Aquello carecía de cualquier tipo de lógica pero si él lo decía, sólo podía ser verdad. Diego tenía la casa llena de premios y de fotos recogiendo medallas, había sido recordman de España de natación en la juventud y jugador de baloncesto. No era mi tío-abuelo, ni mi abuelo. Era un héroe. Levanté la cabeza y empecé a andar con pasos largos. Uno detrás de otro, cada vez más rápidos y nada parecía caer al suelo. No daba crédito a lo que pasaba, miré las copas para comprobar si realmente seguían llenas y no se había derramado ni una sola gota, pero tan pronto volví a bajar la vista empezaron a temblar de nuevo con lo cual mirada de nuevo al frente.

Y volver a andar.

Cuando llegué a la mesa de mis padres las cervezas estaban sanas y salvas e inmediatamente les conté eufórico lo que había pasado. Tan sólo tenía ganas de que se las bebieran para volver a por más.

Hace un par de semanas nos despidieron a unos cuantos de DDB, la agencia en la que llevaba un año. Nuevos bailes de cuentas y números han hecho que la demanda sea de perfiles junior y es lo que ha tocado. Esto no es crisis, siempre ha sido así y hace años el junior al que le favorecieron estos vientos fui yo con lo cual no hay nada por lo que escandalizarse.

¿Y ahora? Mirar adelante, no bajar la mirada y seguir andando con la certeza de que sólo así podré ver todo lo bueno que está por llegar.

Cuatro días después de la noticia me reuní con José e Iñaki, masters & commanders de Kitchen, cuando se enteraron de que estaba libre me pidieron que me fuera con ellos un mes a ayudarles en un pico de trabajo que les había llegado. Y ahí estoy, pensando de nuevo con Rafa Fortis como en los viejos tiempos, recuperando algunas cosas que echaba de menos del pasado y descubriendo otras que desconocía como que, si hace bueno un viernes, te puedes montar una barbacoa en la terraza de la agencia escuchando de fondo la lambada.

A esta etapa apenas le quedan sólo unos días pero cuando se acabe ya sé qué será lo siguiente: levantar la cabeza y a por más.

Escuchando: [Miles Davis – Gone]

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7 pensamientos en “Diego

  1. Una vez me dijeron esto:

    “Y la completa seguridad de que mañana por la mañana estarás de putamadre.
    No hay nada que cure más que la esperanza.”

    Lo estás haciendo bien. Es bueno que lo sepas.

  2. ¿Sabes por que el parabrisas es mas grande que el retrovisor? Porque el camino que tienes delante es mas importante que el que dejas atrás.

  3. No recuerdo ese bar en plaza San Francisco. Pero buscando referencias, veo que estaba donde me imaginaba, aunque no tengo recuerdos propios de ese bar, y de pequeño frecuentaba la zona. Cosas encontradas: “El olor a gambones a la plancha del Bar El Tubo, en la plaza de San Francisco”, “Como en la Plaza de San Francisco. Allí, Juan Carlos García Colón tiene abierto desde hace menos del año una elegante abacería donde en tiempos los Galiano regentaban el bar “El Tubo”, famoso por sus gambones a la plancha que daban un aroma especial a la trasera del Ayuntamiento”, “Recuerdo la fotografía Guiamo, el bar El Tubo, la charcutería Casa Arenas, pariente del presidente del Consejo de Cofradías; la peluquería de Antonio Clavijo, donde me pelaron y peinaron para mi primera comunión. También había una zapatería, una tienda de repuestos de coches, el Banco de Londres y de América del Sur, la casa de juguetes Helu, de Herrera y Luque…”.

    Ricardo

  4. Pingback: 10 años | nopodemosmas.net

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