Historias que no lo son

Un señor solo en su casa de Moratalaz. Un señor mayor rodeado de películas, discos y gotelé nos cuenta ante la cámara cómo Doris Day le parece la mujer más fascinante de todos los tiempos mientras suena un tango en un viejo tocadiscos. Luis. Me fijo en él; polo naranja y pantalones de esos que se ponen los abuelos por encima del ombligo cuando tienen mucha barriga. Pienso que sería genial que realmente no necesitaran llevarlos a esa altura, pero que en la tercera edad eso fuera tendencia y no llevarlos así te convirtiera en un renegado. Desecho la idea. Me fijo en su voz; la estoy escuchando en mi cabeza, es tan característica que podría imitarla sin problemas pero no sé muy bien cómo describirla. Una especie de Ozores sin intentar ser gracioso, quizás. Sigue hablando; ahora lo hace sobre series, teatro inglés, su vida en Cardiff, actores argentinos. Miro a mi alrededor y veo que todos estamos absolutamente entregados a Luis.

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Acaba la entrevista y toca grabar planos recurso por la casa. Todos se van a mover cámara y luces y tan sólo quedamos tres personas con él. El silencio da lugar a la típica conversación insustancial que se tiene en los infinitos espacios muertos de los rodajes, en esta ocasión creo que fue algo sobre qué ciudad es mejor para vivir. “Mi mujer odiaba Madrid.” dijo Luis acerca de cuando era joven. “Ella siempre hablaba de ir a Barcelona, pero yo tenía aquí un trabajo con buen sueldo de manera que no podía marcharme; aún así ella insistía en que no soportaba la ciudad. Finalmente un día, poco antes de Navidad, me dijo que se iba a Chile a pasar las fiestas con su familia. Le dije que bueno, que lo hiciera, pero yo no pensaba ir. Se fue, las Navidades pasaron y ella llamó para decir que iba a seguir allí un poco más.

Pasó un año sin que nos viéramos. Tras ese tiempo me llamó y al fin me dijo que volvía… pero al día siguiente se cruzó con un tractor que la atropelló y la mató. A ella y a la novia de su hermano.”

Tuve que coger aire y apretar los dientes. Las mil veces que habría contado esa historia habían conseguido que lo hiciera sin darle especial peso a las palabras, sin concederles la importancia que algún día tuvieron.

“La duda que me queda es el propósito del viaje. Si quería quedarse o si venía a dejarlo para siempre. Eso nunca lo sabré.” Y fue en esa última frase cuando le vi un gesto, cuando se le perdió por un momento la mirada como si de repente hubiera empezado a hablar para sí mismo. Pero no tuve tiempo, desde otra habitación se oyó que llamaban a Luis para que se pusiera frente a la cámara.

Y ahora no sé qué decir. No sé cómo se acaban las historias que no tienen final.

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Un pensamiento en “Historias que no lo son

  1. Bonita historia.
    Pero me he quedado con tu misma duda: ¿no será trendy llevar los pantalones sobaqueros cuando se alcanza una determinada edad? ¿es símbolo de pertenencia a una determinada tribu que esta sociedad, únicamente preocupada por parecer/ser joven, no ha descubierto todavía?

    En serio. A veces pienso que estas personas que de verdad han vivido deberían estar obligadas a escribir sus memorias, porque puede que no hayan destacado en sus trabajos hasta el punto de ser conocidos por la sociedad, pero su experiencia, sus vivencias, ¡tan valiosas!, no deberían marcharse con ellos cuando les toque su hora.

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