Osaka & Nara (one more time)

La lentitud, la angustia, el aburrimiento. De pequeño todo me parecía bien en verano, todo menos una cosa.

vacaciones+santillana

Ese cuaderno estaba escrito con la sangre de Satanás y a mí, como el estudiante de mierda que siempre fui, me tocaba hacerlo sin remedio; definitivamente no había nada a lo que me diera más pereza enfrentarme. Bien, pues así me siento yo ahora teniendo que contar prácticamente la mitad de las tres semanas de mi viaje a Asia. Es verano, tengo una página en blanco, una obligación moral con mi yo del futuro y con gente que ya me ha dicho que está deseando leer qué fue de nosotros en tan lejanos lugares. Pero que no es eso, que yo me pongo a ello, pero no voy a poder quitarme de encima la sensación de estar malcontando algo que es más grande que mis ganas y mi capacidad de escribir.

Cuando he leído por encima lo posteado hasta ahora me parece todo pequeño e insuficiente por todo lo que dejo en el tintero y también superficial, porque debajo de todo lo que he encontrado hay un cúmulo de sentimientos bestial que aún no he conseguido procesar y mucho menos comprender. Y probablemente esta sea la mejor síntesis de lo supuesto Japón: demasiado. Tanto que aún no estoy seguro de si una parte de mí se ha quedado en Tokyo o de si una parte de Tokyo se ha venido conmigo a Madrid. O, como pronunciaban los japoneses, MADURITO.

En definitiva, mi desorden mental ahora mismo se parece al que sientes cuando tienes 50 cajas tiradas en el salón después de una mudanza, pero bueno me pongo a ello.

¿Por dónde íbamos? De Osaka no llegué a contar nada a pesar de que fue la ciudad a la que llegamos en Japón. La primera impresión fue fuerte, pero pronto nos dimos cuenta de que no era tanto por el lugar como por tener nuestro primer contacto con los japoneses (y su comida). No hizo falta salir del aeropuerto para ver que, a pesar de que habíamos pasado por otras cuatro ciudades de Asia, esto era otra cosa. Los policías de inmigración nos pidieron, además de la dirección, el nombre y apellidos y teléfono de contacto de la persona que era nuestro contacto allí. Bienvenido al perfeccionismo nipón. Todo esto, por supuesto, con el trato más amable que puedas imaginar en un puesto que en el resto del planeta sólo ocupa gente muy jodida con el mundo.

Pasar los dos días de Osaka con una familia de allí con la que contactamos vía Couchsurfing puede que fuera lo mejor de la ciudad. Situación: llegamos de noche, tarde, y enseguida nos fuimos a la cama. Al día siguiente, lo primero a lo que me enfrenté fue… a la televisión. Pasar la primera mañana en Japón viendo el teletienda y el equivalente a Ana Rosa me convirtió en un crío hipnotizado por todo lo que salía del televisor. Todo esto después de ducharte en sus duchas, que no son como las nuestras y de conocer los retretes locales que (oh no) TAMPOCO son como los nuestros. Efectivamente, no habíamos salido de casa y yo ya me sentía un indígena frente a un semáforo.

Pasando al apartado turista, más allá de las vistas del Umeda Building, no saqué demasiadas fotos. Será la ciudad? Será que no supimos encontrar los rincones inolvidables de Osaka? Probablemente lo segundo, pero también es cierto que en el resto de Japón no nos hizo falta buscar demasiado.

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Nuestro siguiente destino estaba a 30 kilómetros. En Nara no hicimos noche pero tampoco hizo falta, en una tarde pudimos visitar el Nara Park. Ese sitio me partió en dos. Supongo que mi estado anímico de felicidad constante ayudó, pero la paz de ese lugar me llegó de una forma especial. Para empezar, lo más característico de ese sitio: los ciervos. Muchos. Cientos de ellos; más bonitos que simpáticos y que consiguen dar a aquello un halo de lugar mágico muy curioso. Es como si en mitad de todo aquello pudiera haber cruzado un unicornio azul y pasar moderadamente desapercibido. Después del recibimiento, Todai-ji, el que sin duda fue el templo más impresionante de todos los que vimos.

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Ahí fue donde tuve esa especie de revelación mística inesperada, un bofetón de espiritualidad de esos que parece que sólo le dan a los actores de Hollywood cuando se aburren de hacer el crápula.

Como buenos españoles, llegamos diez minutos antes del cierre y eso acabó siendo una suerte importante: el lugar estaba vacío. Apenas media docena de turistas, una cantidad suficiente como para no sentir que estás en una atracción de feria. Tenemos que asumirlo, los turistas somos para el resto ruido, un despiste que consigue transformar cualquier cosa por maravillosa que sea, en entretenimiento vulgar.

Después del templo tocaba un paseo por el parque y ya al anochecer, poner rumbo a Kyoto.

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Escuchando: [Shigeto – Ringleader]

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