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Acabo de hacer el calculo y llevo más de un millón de minutos sin publicar lo cual, llevado a unidades de medida más cotidianas se queda en menos de dos años. Vale, ya sé cuánto tiempo llevo sin pasarme por aquí, ahora quedaría contar qué me trae de vuelta.

No lo sé.
Bueno, un poco.
Voy a escribir a ver si llego a alguna conclusión.

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Esta es una conclusión notable.

Nunca termino de olvidarme de este lugar, pero además llevo una temporada dándole vueltas a hacer posts sobre sitios en los que he estado, cosas interesantes que podrían ser útiles a estudiantes de publicidad, publicar aquí lo que escribí para la boda de mi hermana… pero no van por aquí los tiros, no esta vez.

Creo que he venido a por silencio.

Siento que llevo una temporada larga en la que me he vuelto adicto a la adrenalina que provoca la rabia, la indignación y bueno, en general el espíritu Twitter. No me refiero a una red social, sino a una energía. No estoy hablando tampoco de haters, ni de linchamientos ni de (uf, GRIMA AHEAD) “zascas”.

Resumiendo, estoy hablando de mí.

Con esa extraña fascinación con la que un niño se acerca al enchufe aún a sabiendas de que va a doler, yo me meto en comentarios de diarios digitales, en perfiles de Facebook de gente que insulta, en respuestas de Twitter. No lo hago porque les quiera responder, casi nunca ocurre, sino porque duele y eso no es explicación alguna. Y ya que no consigo encontrar el origen de todo esto, al menos sacaré en claro una obviedad: no me hace ningún bien. No hay nada sano en querer entrar un tweet de “He superado el cáncer!!!” con chorrocientosmil retuits sabiendo que la tercera respuesta que leas será “Yo me alegro por ti, pero me parece que mostrar esa alegría en público sabiendo toda la gente que se ha quedado por el camino es muy desconsiderado.” Lo peor no es tener la certeza de que ahí estará, sino buscarlo porque algo dentro de ti simplemente quiere sentir ese enfado al que luego no darás salida.

Por cierto, el tweet y la respuesta son inventadas, pero no lo parecen.
Y eso es lo jodido.
Y todavía no he respondido qué hago aquí.

Pues bien, estoy por aquí para no estar por ALLÍ, en el más amplio sentido de la palabra. De ahí las mayúsculas, no me ando con sutilezas. Callarme sé que no puedo, siempre he necesitado compartir lo que hay en mi cabeza y es lógico pensar que cuando se habla suele apetecer que haya alguien al otro lado escuchando. Siendo esta la premisa, puedo ir a Twitter, pero es una jaula de grillos; Instagram no es un lugar hecho para la escritura; Facebook es más amable que Twitter, de lejos, e incluso creo que se valora cuando la gente aporta algo propio más allá de un “No vuelvo a volar con Ryanair”, pero hay algo que me resulta profundamente antipático en la forma en la que la plataforma decide en plan María Antonieta a cuántos de tus contactos les va a enseñar lo que has puesto. Es sucio. Más allá de esto, el verdadero motivo por el que no suelo escribir ahí con calma es porque siento que molesto. Interrumpo de algún modo. Nuestra actitud no es la misma cuando entramos a leer una columna en El País que cuando hacemos scroll sin parar, hay que ser coherente con eso; soltar un texto de cinco párrafos en medio del timeline es como pinchar If Only Tonight We Could Sleep en mitad de una rave. Puede ser una gran canción, pero vas a arruinar la fiesta.

En definitiva, aquí estoy. Hace 15 años que abrí este blog así que es un poco como volver a la casa del pueblo.

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Yo después de darme cuenta del tiempo que lleva abierto este agujero.

No sé si todo esto que estoy escribiendo tiene algún sentido, no sé si pasarán otro millón de minutos hasta que vuelva, si conseguiré despegarme del veneno digital, si esto lo leerá alguien, si compartiré discretamente el enlace a este post o si lo dejaré pudrirse a temperatura ambiente. No lo sé y da igual y me da igual porque esto le da igual al mundo. ¿Hace ruido el árbol que cae cuando no hay nadie para escucharlo?

Hoy, del silencio nace la libertad.

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